Hay viajes que se miden en kilómetros... otros, en lugares conocidos... y están estos como el Rally por la RYM que te permiten descubrir un poco mas allá de lo que aparentemente se ve...
Hay viajes que se miden en kilómetros. Otros, en lugares conocidos. Y hay viajes que se miden en todo aquello que uno descubre cuando decide mirar un poco más allá de la ruta.
Este sábado, 28 vehículos y alrededor de 100 personas partimos desde la Costanera de Posadas para recorrer una parte del sur de Misiones. No fuimos detrás de un cronómetro ni de una clasificación. La propuesta era otra: viajar, detenernos, escuchar historias, conocer lugares, compartir un mate y volver a casa con una parte de la provincia que quizás antes no conocíamos.
La caravana comenzó en La Cascada de la Costanera y rápidamente dejó atrás Posadas para internarse en un recorrido que tuvo como protagonistas a Candelaria, Loreto y San Ignacio.
La yerba mate fue uno de los grandes hilos conductores, pero el viaje terminó demostrando que detrás de ese producto hay mucho más. Hay historia. Hay familias. Hay producción. Hay patrimonio jesuítico. Hay comunidades originarias. Hay música. Hay arquitectura. Hay paisajes. Y hay lugares que muchas veces están cerca, pero que no forman parte de nuestro mapa cotidiano.
La primera parada fue la estancia Santa Cecilia, en Candelaria.
Allí nos esperaba una historia que comienza mucho antes de nuestra llegada. El establecimiento tuvo originalmente actividad yerbatera y hoy tiene a la ganadería como principal producción. Recorrimos su casco, conocimos la capilla de piedra y pudimos acercarnos a un lugar donde el pasado productivo y la actividad actual conviven en un mismo paisaje.
El casco principal, construido en 1906, fue otra de esas pequeñas puertas que abrió el viaje. Porque cada parada tenía algo para contar y, sobre todo, alguien dispuesto a contarlo.
Después volvimos a subir a los vehículos.
La ruta continuó hacia Loreto y nos llevó hasta la misión jesuítica de Nuestra Señora de Loreto. Allí el paisaje volvió a cambiar. La historia dejó de estar solamente en los relatos y apareció en las piedras, en los caminos y en las huellas de una época que forma parte de la identidad de Misiones.
También hubo música.
El Coro Municipal de Oberá acompañó la visita con una presentación que hizo todavía más especial el momento. Después llegó el camino de peregrinación hasta el pie de la capilla del Monte del Calvario.
Otra vez, caminar.
Otra vez, mirar.
Otra vez, descubrir.
Porque quizás una de las características más lindas de este rally sea justamente esa: obliga a bajar la velocidad.
A detenerse.
A mirar lo que normalmente pasa de largo.
La caravana siguió después hacia San Ignacio, pero antes de llegar al gran destino histórico del recorrido hubo una parada especialmente significativa en la comunidad Tava Miri.
Allí el viaje tomó otra dimensión.
Además de conocer aspectos de la vida y la cultura de la comunidad mbya, los participantes llevaron útiles escolares, ropa, alimentos y otras donaciones. La recepción estuvo acompañada por canciones interpretadas por el coro de la comunidad.
Fue un momento de encuentro.
No solamente de visitantes con anfitriones, sino de personas que llegaron desde distintos lugares para compartir una jornada y conocer una realidad que muchas veces permanece fuera de los circuitos habituales.
También pudimos conocer prácticas tradicionales vinculadas con la producción de alimentos y el secado de la yerba mate, además de observar aspectos de la arquitectura de la comunidad, sus viviendas y los espacios destinados a las prácticas espirituales.
Y entonces aparece otra idea que atraviesa todo el recorrido: conocer también significa aprender a mirar.
Mirar una comunidad.
Mirar una producción.
Mirar una construcción.
Mirar una misión.
Mirar un paisaje.
Mirar una historia.
El último tramo nos llevó hasta San Ignacio Miní.
La misión jesuítica volvió a poner en primer plano la historia de Misiones. Recorrimos el nuevo centro de interpretación y luego caminamos entre los restos de la reducción, acompañados por la explicación de quienes conocen y custodian ese patrimonio.
El recorrido terminó frente al museo de la misión, donde pudimos observar el frontis recuperado y actualmente resguardado.
Pero todavía faltaba una última parte del viaje.
Cacho Bernal, Cecilia Simonetti y Frodo Peralta fueron parte de una propuesta que permitió cerrar la jornada conectando nuevamente territorio y cultura.
Uno de los momentos que quedó especialmente presente fue la explicación de Cacho Bernal sobre el gualambao, el ritmo creado por Ramón Ayala.
Porque también hay una forma de conocer Misiones a través de sus sonidos.
Y quizás allí esté una de las claves de este rally.
En ocho ediciones, la propuesta ya permitió recorrer alrededor de 40 lugares diferentes. Según explicó Marcelo Insfrán, uno de sus coordinadores, el objetivo es que los sitios no se repitan y que cada edición permita ampliar el mapa.
Incluso quienes organizan el recorrido siguen descubriendo lugares.
“Todos los rallys, el 80% de los lugares yo tampoco conocía”, contó Insfrán.
Y esa frase resume bastante bien lo que sucede arriba de cada vehículo.
Uno puede vivir en Misiones, recorrer sus rutas, conocer sus ciudades y creer que conoce la provincia.
Hasta que un sábado decide subirse a un auto y seguir una caravana.
Entonces aparecen una estancia, una capilla de piedra, una misión, un sendero, una comunidad, una canción, una historia familiar, una forma de producir, una construcción que estaba ahí desde hacía décadas o siglos.
Por eso el rally no se parece demasiado a una excursión convencional.
No se trata solamente de llegar a un destino.
Se trata del recorrido.
De las conversaciones entre una parada y otra.
De los mates compartidos.
De la gente que abre las puertas de su casa o de su establecimiento.
De los que explican una historia.
De los que preguntan.
De los que escuchan.
De los que llevan una donación.
De los que sacan una fotografía para guardar el recuerdo.
Y también de quienes, sin saberlo, terminan formando parte de una pequeña comunidad que vuelve a encontrarse cada año.
Esta octava edición reunió a participantes de distintos puntos de Misiones y también de otras provincias.
Detrás de esta experiencia hay también mucho trabajo.
El rally es una propuesta autogestionada impulsada por la Asociación Ruta de la Yerba Mate, Estudio 2116 y la Asociación de Pilotos y Navegantes del Rally Misiones (AMPYNAR).
Coordinar una caravana de casi un centenar de personas, 28 vehículos y una combi implica mucho más que elegir un camino.
Hay que hablar con municipios, propietarios, responsables de los sitios, organizar las visitas, coordinar horarios, garantizar condiciones para el recorrido y cuidar cada detalle de una jornada que transcurre por distintos puntos de la provincia.
Por eso también hubo muchos nombres detrás de lo que vivimos.
Agradezco a la gente del Estudio 2116, a Alejandro Gruber y la Ruta de la yerba Mate, así como la la gente de AMPyNAR.
Pero, sobre todo, hubo un agradecimiento para quienes se subieron a los autos.
A las familias.
A las parejas.
A los amigos.
A quienes llegaron solos y terminaron compartiendo el camino con otros.
A quienes tuvieron paciencia cuando hubo que esperar.
A quienes pusieron buena onda.
A quienes compartieron un mate.
A quienes se rieron.
A quienes entendieron que la propuesta no era simplemente llegar, sino disfrutar cada kilómetro.
Porque después de ocho ediciones queda algo más que una colección de fotografías.
Queda un mapa diferente.
Un mapa hecho de historias.
Un mapa que une producción y patrimonio, pasado y presente, turismo y cultura.
Un mapa que demuestra que la yerba mate puede ser mucho más que un producto: puede ser también una puerta para entrar en la historia de Misiones y recorrer los territorios donde esa historia todavía está viva.
Y queda, sobre todo, una pregunta que probablemente sea la mejor invitación para el próximo viaje:
¿Cuántos lugares de nuestra propia provincia todavía no conocemos?
Cerca de 40 sitios ya forman parte de este recorrido.
Pero la sensación, después de ocho ediciones, es que el mapa recién empieza a abrirse.
Gracias a todos los que hicieron posible esta octava edición.
Gracias a quienes nos abrieron sus puertas.
Gracias a quienes compartieron sus historias.
Gracias a quienes cantaron.
Gracias a quienes caminaron.
Gracias a quienes viajaron.
Y gracias, especialmente, a cada persona que volvió a subir al auto con la sensación de que todavía quedan muchos caminos por recorrer.
Porque hay viajes que terminan cuando uno llega a casa.
Y hay otros que, cuando terminan, recién empiezan a cambiar la manera en que uno mira el lugar donde vive.
El octavo Rally Patrimonial y Turístico por la Ruta de la Yerba Mate fue uno de esos viajes.
Este sábado, 28 vehículos y alrededor de 100 personas partimos desde la Costanera de Posadas para recorrer una parte del sur de Misiones. No fuimos detrás de un cronómetro ni de una clasificación. La propuesta era otra: viajar, detenernos, escuchar historias, conocer lugares, compartir un mate y volver a casa con una parte de la provincia que quizás antes no conocíamos.
La caravana comenzó en La Cascada de la Costanera y rápidamente dejó atrás Posadas para internarse en un recorrido que tuvo como protagonistas a Candelaria, Loreto y San Ignacio.
La yerba mate fue uno de los grandes hilos conductores, pero el viaje terminó demostrando que detrás de ese producto hay mucho más. Hay historia. Hay familias. Hay producción. Hay patrimonio jesuítico. Hay comunidades originarias. Hay música. Hay arquitectura. Hay paisajes. Y hay lugares que muchas veces están cerca, pero que no forman parte de nuestro mapa cotidiano.
La primera parada fue la estancia Santa Cecilia, en Candelaria.
Allí nos esperaba una historia que comienza mucho antes de nuestra llegada. El establecimiento tuvo originalmente actividad yerbatera y hoy tiene a la ganadería como principal producción. Recorrimos su casco, conocimos la capilla de piedra y pudimos acercarnos a un lugar donde el pasado productivo y la actividad actual conviven en un mismo paisaje.
El casco principal, construido en 1906, fue otra de esas pequeñas puertas que abrió el viaje. Porque cada parada tenía algo para contar y, sobre todo, alguien dispuesto a contarlo.
Después volvimos a subir a los vehículos.
La ruta continuó hacia Loreto y nos llevó hasta la misión jesuítica de Nuestra Señora de Loreto. Allí el paisaje volvió a cambiar. La historia dejó de estar solamente en los relatos y apareció en las piedras, en los caminos y en las huellas de una época que forma parte de la identidad de Misiones.
También hubo música.
El Coro Municipal de Oberá acompañó la visita con una presentación que hizo todavía más especial el momento. Después llegó el camino de peregrinación hasta el pie de la capilla del Monte del Calvario.
Otra vez, caminar.
Otra vez, mirar.
Otra vez, descubrir.
Porque quizás una de las características más lindas de este rally sea justamente esa: obliga a bajar la velocidad.
A detenerse.
A mirar lo que normalmente pasa de largo.
La caravana siguió después hacia San Ignacio, pero antes de llegar al gran destino histórico del recorrido hubo una parada especialmente significativa en la comunidad Tava Miri.
Allí el viaje tomó otra dimensión.
Además de conocer aspectos de la vida y la cultura de la comunidad mbya, los participantes llevaron útiles escolares, ropa, alimentos y otras donaciones. La recepción estuvo acompañada por canciones interpretadas por el coro de la comunidad.
Fue un momento de encuentro.
No solamente de visitantes con anfitriones, sino de personas que llegaron desde distintos lugares para compartir una jornada y conocer una realidad que muchas veces permanece fuera de los circuitos habituales.
También pudimos conocer prácticas tradicionales vinculadas con la producción de alimentos y el secado de la yerba mate, además de observar aspectos de la arquitectura de la comunidad, sus viviendas y los espacios destinados a las prácticas espirituales.
Y entonces aparece otra idea que atraviesa todo el recorrido: conocer también significa aprender a mirar.
Mirar una comunidad.
Mirar una producción.
Mirar una construcción.
Mirar una misión.
Mirar un paisaje.
Mirar una historia.
El último tramo nos llevó hasta San Ignacio Miní.
La misión jesuítica volvió a poner en primer plano la historia de Misiones. Recorrimos el nuevo centro de interpretación y luego caminamos entre los restos de la reducción, acompañados por la explicación de quienes conocen y custodian ese patrimonio.
El recorrido terminó frente al museo de la misión, donde pudimos observar el frontis recuperado y actualmente resguardado.
Pero todavía faltaba una última parte del viaje.
La música.
Cacho Bernal, Cecilia Simonetti y Frodo Peralta fueron parte de una propuesta que permitió cerrar la jornada conectando nuevamente territorio y cultura.
Uno de los momentos que quedó especialmente presente fue la explicación de Cacho Bernal sobre el gualambao, el ritmo creado por Ramón Ayala.
Porque también hay una forma de conocer Misiones a través de sus sonidos.
Y quizás allí esté una de las claves de este rally.
En ocho ediciones, la propuesta ya permitió recorrer alrededor de 40 lugares diferentes. Según explicó Marcelo Insfrán, uno de sus coordinadores, el objetivo es que los sitios no se repitan y que cada edición permita ampliar el mapa.
Incluso quienes organizan el recorrido siguen descubriendo lugares.
“Todos los rallys, el 80% de los lugares yo tampoco conocía”, contó Insfrán.
Y esa frase resume bastante bien lo que sucede arriba de cada vehículo.
Uno puede vivir en Misiones, recorrer sus rutas, conocer sus ciudades y creer que conoce la provincia.
Hasta que un sábado decide subirse a un auto y seguir una caravana.
Entonces aparecen una estancia, una capilla de piedra, una misión, un sendero, una comunidad, una canción, una historia familiar, una forma de producir, una construcción que estaba ahí desde hacía décadas o siglos.
Aparecen esos lugares que uno quizás pasó cientos de veces cerca sin saber qué había detrás.
Por eso el rally no se parece demasiado a una excursión convencional.
No se trata solamente de llegar a un destino.
Se trata del recorrido.
De las conversaciones entre una parada y otra.
De los mates compartidos.
De la gente que abre las puertas de su casa o de su establecimiento.
De los que explican una historia.
De los que preguntan.
De los que escuchan.
De los que llevan una donación.
De los que sacan una fotografía para guardar el recuerdo.
Y también de quienes, sin saberlo, terminan formando parte de una pequeña comunidad que vuelve a encontrarse cada año.
Esta octava edición reunió a participantes de distintos puntos de Misiones y también de otras provincias.
Hubo visitantes de Formosa y, en ediciones anteriores, personas que llegaron desde Córdoba.
Todos llegaron por caminos diferentes, pero durante algunas horas compartieron el mismo recorrido.
Detrás de esta experiencia hay también mucho trabajo.
El rally es una propuesta autogestionada impulsada por la Asociación Ruta de la Yerba Mate, Estudio 2116 y la Asociación de Pilotos y Navegantes del Rally Misiones (AMPYNAR).
Coordinar una caravana de casi un centenar de personas, 28 vehículos y una combi implica mucho más que elegir un camino.
Hay que hablar con municipios, propietarios, responsables de los sitios, organizar las visitas, coordinar horarios, garantizar condiciones para el recorrido y cuidar cada detalle de una jornada que transcurre por distintos puntos de la provincia.
Por eso también hubo muchos nombres detrás de lo que vivimos.
Agradezco a la gente del Estudio 2116, a Alejandro Gruber y la Ruta de la yerba Mate, así como la la gente de AMPyNAR.
Pero, sobre todo, hubo un agradecimiento para quienes se subieron a los autos.
A las familias.
A las parejas.
A los amigos.
A quienes llegaron solos y terminaron compartiendo el camino con otros.
A quienes tuvieron paciencia cuando hubo que esperar.
A quienes pusieron buena onda.
A quienes compartieron un mate.
A quienes se rieron.
A quienes entendieron que la propuesta no era simplemente llegar, sino disfrutar cada kilómetro.
Porque después de ocho ediciones queda algo más que una colección de fotografías.
Queda un mapa diferente.
Un mapa hecho de historias.
Un mapa que une producción y patrimonio, pasado y presente, turismo y cultura.
Un mapa que demuestra que la yerba mate puede ser mucho más que un producto: puede ser también una puerta para entrar en la historia de Misiones y recorrer los territorios donde esa historia todavía está viva.
Y queda, sobre todo, una pregunta que probablemente sea la mejor invitación para el próximo viaje:
¿Cuántos lugares de nuestra propia provincia todavía no conocemos?
Cerca de 40 sitios ya forman parte de este recorrido.
Pero la sensación, después de ocho ediciones, es que el mapa recién empieza a abrirse.
Gracias a todos los que hicieron posible esta octava edición.
Gracias a quienes nos abrieron sus puertas.
Gracias a quienes compartieron sus historias.
Gracias a quienes cantaron.
Gracias a quienes caminaron.
Gracias a quienes viajaron.
Y gracias, especialmente, a cada persona que volvió a subir al auto con la sensación de que todavía quedan muchos caminos por recorrer.
Porque hay viajes que terminan cuando uno llega a casa.
Y hay otros que, cuando terminan, recién empiezan a cambiar la manera en que uno mira el lugar donde vive.
Fuente: Aerosoles Anónimos Cristian Milcíades - Fotógrafo Profesional, Periodista, Comunicador Social especializado en Agro y Economía.


















